Las instituciones son una serie de lineamientos y reglamentos explícitos o implícitos que tienen la intención de hacer más racional el mundo. Las instituciones son como una especie de marco referencial que proporciona seguridad sobre la acción del “otro”. En otras palabras las instituciones son acuerdos sociales mediante los cuales hacemos la vida más “sencilla”, menos caótica; gracias a ellas, sin duda, el nivel de los acuerdos se ha hecho cada vez más complejo. Como las instituciones no nacieron ayer, sino que muchas de ellas cuentan historias muy prolongadas, incluso de miles de años, adquieren la apariencia de haber estado ahí desde siempre y que su origen no tuvo nada qué ver con los acuerdos sociales que están detrás de ellas, sino que están ahí porque ahí deberían de estar, como si fueran algo “natural”, algo que siempre ha estado ahí y que no tuvieron un origen social.
El lenguaje, por ejemplo, tuvo un origen eminentemente social y fue algo muy difícil de alcanzar. Llegar a acuerdos para llamarle a las cosas no fue tarea sencilla. Sobre todo el principio, porque las generaciones que vinieron después ya no se les preguntó parecer con respecto a si con la palabra “montaña” llamábamos a ese cúmulo inmenso de tierra y piedras sobre el que crecían árboles y que la nieve pintaba de blanco su cima. Ya la “montaña” se convertía en una imagen mental que al ser escuchada o pensada dejaba de ser un simple sonido y se convertía en aquello inaprensible e incomprensible que se veía en la distancia. Desde luego, el lenguaje es una instituciones con el que logramos transmitir nuestro pensamiento mediante sonidos o símbolos de manera más o menos precisa; sin duda también nos hizo capaces de incrementar nuestro nivel de abstracción e incluso podría aseverar que tanto lenguaje como pensamiento se desarrollaron conjuntamente.
Al reproducir, sin producir variaciones, alteraciones, cambios o transformaciones, nos hacemos objetos de las instituciones. O sea, al seguir el acuerdo que se espera de las instituciones nos hacemos objetos de ellas. Al decir que nos hacemos objetos de ellas quiero decir que nos convertimos en el motor que las mantiene en funcionamiento. Nuestra energía y pensamiento se objetiva en el combustible que las alimenta. Como somos muchos los que nos objetivamos en nuestro actuar en las instituciones, éstas últimas adquieren una aparente fuerza y una inmensidad imposibles de transformar y pareciera como que esto es una verdad comprobada; sin embargo, las instituciones son simples castillos de naipes. Un pequeño soplido las puede derrumbar; mover naipes de lugares estratégicos también las puede traer abajo.
El lenguaje, por ejemplo, podría transformarse en el lapso de una generación. De hecho, cada generación hace variantes importantes al lenguaje. Desde luego el español que hablamos ahora en 2010 no es igual al que utilizó Cervantes en el Quijote. Ni escribimos igual un correo electrónico a como escribíamos una carta postal tradicional. Sin embargo, no por que se cambie la institución, esto quiere decir que ya no haya institución. Las instituciones son tan flexibles como el actuar humano; se estiran, se modifican, cambian, se transforman, pero de alguna manera siempre permanecen ahí. No se trata pues de eliminar las instituciones, eso sería una labor imposible y de lograrlo nos escaparíamos a una realidad individual que no podríamos compartir.
Pero no por esto quiere decir que estamos condenados a permanecer con las instituciones como están. Se pueden transformar a voluntad. Pero para logarlo primero es preciso sabernos sujetos de las instituciones y no meros objetos de ellas. En términos políticos, eso sería vivir en una república y ejercer la democracia. En tanto no actuemos como sujetos de las instituciones, seremos incapaces de vivir en la democracia. La revolución francesa se ha llevado los laureles con respecto a la creación de un orden político nuevo, ese el republicano y democrático. No obstante, la república y la democracia, al pasar del orden de las ideas al orden de la práctica, tuvieron una serie de desviaciones que impidió que se llevaran a cabo cabalmente.
A partir de la revolución francesa, las clases medias que durante el Ancient Régime tenían cancelada la oportunidad de ingresar a ocupar puestos públicos tuvieron oportunidad de ingresar en él y surgió una nueva burocracia basada en una supuesta racionalidad, cuyo sustento era la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. En el mismo sentido la declaración universal de los derechos del hombre (y cuando digo hombre no están implícitas las mujeres), en términos conceptuales habíamos ingresado a un nuevo orden social y político; sin embargo, las primeras marginadas en Europa fueron las mujeres a quienes no se les dieron los derechos de ciudadanía y de ahí que no pudieran votar. La discusión en estos asuntos no fue sencilla; incluso hubo mujeres que al exigir los mismos derechos del hombre las acallaron matándolas. Una de ellas fue Olypmpe Gouges cuyo caso es emblemático, pues después de exigir ante la Asamblea el derecho a la educación y los derechos políticos para las mujeres, fue guillotinada por la Asamblea Nacional francesa y se resolvió prohibir el derecho a las mujeres de participar en los asuntos políticos. Otros nombres de mujeres que lucharon por la igualdad de derechos son Etta Palm d’Aldaers, Mary Wollstonecraft y Christine de Pisan, precursoras en manifestar las contradicciones políticas que había detrás del liberalismo, que cambiaba en apariencia un orden, pero no en su sentido profundo no respetaba ni sus propias promesas de igualdad ante la ley.
Estas contradicciones del liberalismo político no se detuvieron ahí. Cuando se definió el concepto de ciudadano, en varias constituciones los congresistas llegaron al acuerdo de que este derecho sólo debería estar reservado para las personas que supieran leer y escribir, pero que además comprobaran ser dueños de tierras. La marginación de los pobres era definida por la ley. Posteriormente, en el liberalismo se hicieron adecuaciones y se abrió la posibilidad de que mujeres, indígenas, negros, pobres tuvieran los mismos derechos políticos que cualquiera. No obstante, todavía hace falta que esta simulación de igualdad de derechos se ponga en práctica y eso sólo lo lograremos en la medida en que nos convirtamos en sujetos de las instituciones.
La participación política de los ciudadanos no es algo abstracto y que funcione de una vez y para siempre en todos los asuntos. Los ciudadanos participan en los asuntos públicos en la medida en que les afecta las medidas tomadas. No todos los ciudadanos participan en todos los asuntos políticos. Pero cuando ocurre algo que afecta directamente a cierta comunidad, esa gente se ve en la necesidad de actuar y de participar en las decisiones que les están afectando. Un asunto que es profundamente abstracto y que creo que nos afecta a todos los usuarios de internet es que las grandes corporaciones están dando los pasos jurídicos necesarios para hacer de internet un asunto privado y mediado por el dinero. Las grandes compañías de medios masivos se están esforzando porque se acepte una serie de leyes que impiden y penalizan bajar videos o música de internet. En cierto sentido su alegato tiene legitimidad; no obstante, como no pueden detener la compartición de archivos entre los usuarios (tarea en verdad imposible, porque más tardan en cerrar un servicio de compartición de archivos, para que se abran tres o cuatro más, como ocurrió cuando vencieron a Napster), lo que están proponiendo es que los usuarios que bajen archivos de video o música de manera ilegal, se les impida conectarse a internet. ¿Cómo? La idea de ellos es que los servidores de internet vigilen el uso que se da a internet; si detectan a un usuario infringiendo la ley, se le enviará por correo electrónico una amonestación donde se le previene que deje de hacerlo; si persiste, se le enviará una nueva amonestación y si no se detiene, entonces a la tercera se le informará que su cuenta de internet está cancelada y que no podrá volver a contratar dicho servicio en ninguna compañía.
El problema como se puede ver es muy espinoso. No sólo se está permitiendo invadir la privacidad de los usuarios para que se pueda conocer las páginas que visitan (cosa que ya tiene un buen tiempo haciendo Google); sino que también habrá a quienes se les impida tener conexión a internet por estar afectando los intereses de las grandes corporaciones de los medios masivos de comunicación. Nuevamente una serie de leyes prohibitivas imposibles de seguir y de vigilar (¿de verdad tienen semejante capacidad de vigilancia?); el juego del gato y el ratón recobra su vigencia…

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