El inicio de la década de los noventa estuvo marcado por la Glásnost y la Perestroika. El derrumbamiento del muro de Berlín daba inicio a una nueva era. No obstante, al conocer los horrores del socialismo real, surgió un profundo desencanto en las alternativas sociopolíticas y económicas. La ferocidad del neoliberalismo hizo aún más profunda la crisis de sentido. El desarrollo de la microelectrónica, la popularización de la computadora y el crecimiento mundial de las conexiones de Internet, así como la creciente cobertura de la televisión, han venido transformando la sociedad. La información se ha convertido en algo fundamental no sólo para la economía, sino también en términos políticos y sociales. De ahí que Manuel Castells califique a esta Era que vivimos como la de la Información.
La crisis de sentido que hemos vivido, entre otras cosas, se ha manifestado en una profunda ausencia de utopías. Por una parte, los viejos discursos revolucionarios de la década de los sesenta y setenta ya suenan ingenuos e inocentes. Con más entusiasmo que con aparatos teóricos metodológicos creaban utopías para oponerse al mundo estructuralista dividido en dos partes: el malvado mundo imperialista del capitalismo rapaz, contra el mundo socialista humanitario e igualitario. Pero Rusia nos enseñó el cobre y quedó desenmascarado su capitalismo de Estado. China, con profundos costos sociales, no ha declarado su cancelación del socialismo, pero igual mantiene un capitalismo de Estado. Cuba, pues ni qué decir... Fidel Castro no ha abierto la posibilidad de una alternancia en el poder por medios democráticos. La ausencia de apoyo de la ex Unión Soviética y el bloqueo económico que ha impuesto ya por muchos años a la Isla, mantiene a su población en una situación deplorable.
Sí, no hay utopías, pero quizá esta ausencia ha producido efectos positivos. Ya dejamos atrás la ingenuidad y la inocencia. Ahora nos sabemos en un mundo complejo, un mundo que ha vivido los desencantos de las revoluciones que prometían mejorar las cosas y que terminaron con un sistema igual de perverso que el que habían querido derrocar. Los ejemplos históricos nos han bastado para darnos cuenta de ello. La revolución francesa, la revolución mexicana, la revolución rusa, la china y la cubana. Todas han producido sistemas políticos totalitarios y no han logrado desaparecer la desigualdad y sus alcances han quedado en el terreno discursivo.
No obstante, la transformación tecnológica del mundo por la computadora, es la que ahora abre una posibilidad de crear nuevas utopías y alternativas políticas, económicas, sociales y culturales. Es precisamente en este mundo de las computadora donde se están enfrentando dos paradigmas que engloban no sólo aspectos computacionales, sino económicos y políticos: el del código cerrado, mantenido por Microsoft y por Mac y el del código abierto mantenido por GNU/Linux y la serie de distribuidores que hay de sistemas operativos basados en él. El código abierto propone un mundo en el que se comparten los conocimientos; un mundo flexible descentrado que no es monopolizado por nadie y en el cual pueden participar todos en la transformación del mismo código.
Hace poco leí en alguna página que quienes usaban alguna versión del GNU/Linux eran gente con mucho tiempo libre y nada qué hacer... La posición del cuate que escribió eso era que resultaba lo mismo el Windows que el Ubuntu. En términos generales y hablando sólo en términos computacionales y de programación casi es lo mismo. Nada más que con el casi se abre un abismo insalvable. Detrás de la elección de Ubuntu, se encuentra la aspiración utópica de construir un mundo democrático, centrado en el ser humano, un mundo donde no permea la lógica de mercado que mantiene desigualdades profundas y sistemáticas en la sociedad. Elegir GNU/Linux implica aspirar a un mundo diferente que no es dominado por las grandes corporaciones, sino por la gente común y corriente.
La utopía del código abierto surgió así, sin tener detrás una enorme corporación que sus únicas aspiraciones es la avaricia de tener poder. No, detrás de GNU/Linux están programadores comunes y corrientes: ingenieros que hablan UNIX y que aspiran a crear la utopía de tener un mundo abierto, democrático, igualitario, humanitario. Incluso ellos trabajan para corporaciones, pero aplican su derecho de hacer de su conocimiento lo que ellos quieran y no un artículo que pueden poseer con dinero las corporaciones.
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